Peñíscola recuerda en primer lugar, por sus características geomorfológicas, un asentamiento colonizador griego, tal vez fenicio. La isla está unida por un tómbolo de arena al continente, y resulta ser un bastión fácilmente defendible en ausencia de artillería. Con una gestión inteligente del agua de lluvia, el lugar se convierte en un apetecible castillo que, a lo largo de los siglos, se ha ido llenando de murallas, casas encaladas, callejas empinadas y gentes sin prisas que disfrutan de un suave clima.

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