Se trata de un hombre muy querido, un héroe nacional argentino. Por dos razones: primero, porque fue el experto que participó, en representación de Argentina, en el arbitraje internacional efectuado por su Majestad Británica, que dirimió, en 1898, los problemas fronterizos con Chile. Se trataba de marcar una línea divisoria, en medio del campo de hielo, que definiera el principio y final de cada país. Sus tesis, que consistían en referenciar las fronteras de ambos países en las grandes cumbres y no en los ríos, salieron victoriosas y Argentina recuperó 42 mil kilómetros cuadrados de territorio en litigio. En 1902, el Rey Eduardo VII dicta el laudo arbitral donde dice: "...desde el monte Fitz Roy hasta el monte Stokes la línea fronteriza ya ha sido determinada...".

De modo que el perito Moreno está vinculado a un episodio en el que, como dicen con sorna los argentinos, fue “la única vez que Inglaterra les aportó algo”. Una broma sobre la que sobrevuela, sin duda, el recuerdo de la guerra de las Malvinas, unas islas cercanas a estos parajes, por cierto.
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