Pero la ciudad está ahora relativamente tranquila. Desde la intifada han bajado las visitas y el trasiego es más soportable, aunque menos floreciente para los negocios hoteleros.
Sin embargo Petra corre el riesgo de convertirse en un parque temático y perder su personalidad. Por un lado, ha habido momentos de una presión de visitantes altísima (hasta 3.000 visitas diarias), que debiera controlarse poniendo un tope, dirigiendo a los turistas a otras alternativas. Por otro hay que alertar sobre el cuidado en aspectos como la restauración. Es una pena ver el suelo del siq cubierto de cemento, con lo barato que hubiera sido empedrarlo a la manera romana, como estuvo antaño.
Son auténticamente chapuceros los establecimientos que hay en el interior del recinto y desmerecen de la belleza del lugar. Es lamentable que no haya más control sobre la riqueza arqueológica. Los niños venden a los visitantes cuantas monedas quieran de la antigüedad, y en el suelo hay multitud de restos cerámicos o de otro tipo, que necesitarían ser controlados y no estar a disposición del primero que los tome.
Wadi Mousa no es una ciudad atractiva para el turista. Por regla general, lo único que hace el turista es utilizar los hoteles, que son tan confortables como caros habitualmente.
La vida de la ciudad depende practicamente del turismo, puesto que no hay otros recursos de vida que éste y una paupérrima ganadería.

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