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La Santa Espina, Valladolid (España).

A la altura del kilómetro 209 de la autopista Madrid-Coruña, un desvío que sale hacia el oeste nos conduce a San Cebrián de Mazote y la Santa Espina.
Monasterio de la Santa Espina. Guiarte Copyright

Por Tomás Álvarez

Si en San Cebrián de Mazote encontramos una maravilla del mozárabe, pocos kilómetros más adelante nos hallaremos con un magnífico cenobio de origen cisterciense, que también merece la pena conocer.

Portada de la iglesa. Guiarte Copyright

La infanta leonesa Sancha Raimundez, a quien su hermano Alfonso VII le dio el título de reina, y la puso al frente de los principales monasterios del reino, entre ellos el de San Isidoro de León, fue la impulsora del cenobio de la Santa Espina, en 1147.

Sancha trajo para ello a unos monjes franceses que pusieron en marcha un bello monasterio que actualmente es una escuela de capacitación agraria, dirigida por hermanos de La Salle.

El centro es visitable. El edificio de piedra blanca, cuenta con dos grandes claustros, uno de ellos renacentista y otro barroco. Éste último es el que sustituyó al primitivo, que era de estilo cisterciense.

Junto a este patio pervive la sala capitular, de notable hermosura. La entrada desde el claustro presenta una indudable armonía, en la que conjuga la mayor severidad del gótico, con arquivoltas y capiteles que no llevan adorno alguno, mostrando el amor del Císter por las líneas puras. La puerta y los ventanales laterales muestran ya arcos apuntados, en tanto que en los propios ventanales, las ventanas geminadas tienen arcos de medio punto.

En el interior, la bóveda de crucería se apoya en cuatro columnas exentas, relativamente finas para el aspecto petreo del conjunto, y en columnas adosadas a los muros.

Al lado de esta sala se halla la sacristía de la iglesia, también de los primeros tiempos del cenobio. Tal vez, esta dependencia puso ser en su origen, finales del XII, la pequeña iglesia monacal.

La iglesia es una estructura que presenta varios estilos, sumamente poderosa. La fachada es interesante y espectacular, con dos airosas torres, trabajos del XVIII.

En el interior se puede hallar parte gótica en las naves y la capilla de los Vega, y un presbiterio y transepto renacentistas. El retablo principal “desapareció” en la Guerra de la Independencia. Algunas de las piezas del mismo están ahora en un museo de Barcelona. El retablo actual, renacentista, es sencillo y armónico. Proviene –según la explicación oficial- de los talleres de Diego Marquina, de Miranda de Ebro.

Relicario con la Santa Espina. Guiarte Copyright
Capilla mayor de la iglesa. Guiarte Copyright
El cenobio estaba dedicado en la antigüedad a San Pedro, pero posteriormente cambió de titularidad por la fama de la más famosa de sus reliquias: la espina de la corona de Cristo, regalada por la corona francesa a los reyes leoneses y que la reina-infanta Sancha entregó al monasterio.

Tras la Guerra de la Independencia y la Desamortización, el convento pasó por difíciles momentos que se solventaron en el final del siglo XIX, cuando la marquesa de Valderas entregó las dependencias a los hermanos de La Salle. En periodo del franquismo, desde el ministerio de Agricultura se invirtieron cuantiosos recursos para su mantenimiento, y para la escuela de capacitación agraria.

En los años cincuenta, el ministerio de Agricultura promovió, a través del Instituto Nacional de Colonización, la creación de un pequeño poblado, muy cerca del monumento. El lugar fue visitado entonces por el propio general Franco.

La Santa Espina es un oasis de tranquilidad, en un pequeño valle de la cuenca del río Bajoz, en medio de pequeños montes cubiertos de pinares, en el corazón de un territorio ahora despoblado pero que en la antigüedad tuvo notable vida histórica, y donde al menos pervive el rescoldo del arte.

Portada de la sala capitular. Guiarte Copyright

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