
Iniciamos la segunda etapa en el histórico lugar de Belmonte, provincia de Cuenca, para avanzar esta vez hacia el oeste, en dirección a Pedro Muñoz, ya en Ciudad Real.
Pedro Muñoz, con unos 7.000 habitantes, destaca por su interés ecológico. En su entorno hay una abundante serie de lagunas, que en algún momento fueron foco de epidemias y que hoy está poblada de especies como flamencos, malvasías, garzas, fochas, aguiluchos, avefrías, cigüeñuelas, etc.
Avanzando hacia el suroeste llegaremos, unos 30 kilómetros más adelante a Tomelloso. Tiene unos 30.000 habitantes y es auténtica capital económica del entorno, merced, sobre todo, a la producción vinícola.
Tiene el pueblo escasa historia. Vinculado en sus orígenes a la ganadería, dependió de la Orden de Santiago, y sólo despegó demográficamente a partir del XIX, cuando la plaga de la filoxera destrozó los viñedos franceses y aumentó la producción vinícola de esta zona.
En el subsuelo de su estructura urbana –relativamente caótica- existen numerosas bodegas. En la plaza de España está la tradicional Posada de los Portales, la Iglesia Parroquial y el airoso ayuntamiento local. La ciudad dispone también de un museo dedicado al pintor Antonio López.
Seis Kilómetros hacia el oeste de Tomelloso está la localidad de Argamasilla de Alba, población de unos 6.000 habitantes, principalísima en esta ruta quijotesca.
Y es que en Argamasilla de Alba esta la casa Medrano, en cuyo subsuelo –la cueva Medrano- estuvo preso Miguel de Cervantes. Y donde pudo empezar a escribir el Quijote, según la tradición.
Dícese que la prisión se debió a negociados “de faldas”, al parecer con doña Magdalena de Pacheco, hermana de Don Rodrigo de Pacheco, a quien algunos autores consideran modelo que inspiró a Cervantes para crear el Quijote.
Al lado de la carretera que cruza a la villa aparece la iglesia de San Juan Bautista, que se comenzó a construir en 1542, por Juan de Ornero. En siglos posteriores continuó construyéndose, pero aún se observa su estructura inacabada. Su poderosa torre domina el ámbito urbano, Ante ella se expande un recoleto jardín.

La población tiene también la llamada Casa del Bachiller Sansón Carrasco, aunque actualmente está, por desgracia, en estado ruinoso.
Siguiendo hacia el oeste, la ruta nos lleva tras unos 30 kilómetros de soledades a Manzanares, población de unos 20.000 habitantes que mantiene cierta pujanza por su punto de entronque viario y por la producción de la zona, agrícola y ganadera.
Zona de paso de la Cañada Real Soriana, perteneció en el medievo a las órdenes de Santiago y Calatrava, para ser luego señorío de Álvaro de Bazán.
De sus monumentos destaca la iglesia de nuestra señora de la Asunción, de aires catedralicios, de los siglos XIV y XV, con altiva portada plateresca.
Completan la oferta monumental el convento de las descalzas, de fachada barroca, algunas casonas, y el humilde castillo de Pilas Bonas, originariamente vinculado a la orden de Calatrava.
En sus alrededores están Membrilla, con la ermita del Espino y la iglesia de Santiago, y La Solana, donde merece la pena ver la Plaza Mayor, con una notable iglesia de Santa Catalina, originaria del siglo XV.
Desde Manzanares avanzaremos de nuevo hacia el oeste, 21 kilómetros, hasta llegar a Daimiel.
La iglesia de Santa María la Mayor, gótica, del siglo XIV es notable; con su fuerte torre, de cuatro cuerpos, y con notables puertas, una de ellas renacentista, de tres arcadas.
No menos fortaleza presenta la torre de la iglesia de San Pedro, que se inicia cuadrada y se transforma en octogonal. La iglesia, de bóvedas de crucería, corresponde al siglo XVI.
Pero Daimiel es famosa hoy por sus famoso humedales, las tablas de Daimiel son uno de los ecosistemas ligados a las zonas húmedas continentales, en la confluencia de los ríos Ciguela y Guadiana. Hay gran variedad de aves acuáticas: somormujo lavanco, el zampullín, garzas, garcillas, martinetes y diversas anátidas. Ocupa el parque unas 2000 hectáreas. Dispone de centro de interpretación.
Finalmente, cerramos el segundo día de la ruta de Don Quijote, en Ciudad Real. Tal vez el cansancio no nos invite a visitar la ciudad, sino a solazarnos en alguno de los restaurantes con una excelente cena que nos reponga fuerzas. Es un buen lugar para gozar de la gastronomía manchega, que se debe acompañar con vinos de la zona, que van mejorando de año en año.
El día ha sido intenso. Ral vez convenga dejar la visita a la ciudad para la mañana siguiente.
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