
Desde la antigüedad, los madereros de la Selva Negra cortaban los largos y rectos troncos y los encaminaban por el Rin para llevarlos a Holanda, donde servían para sostener una activa industria de construcción naval.

Otra explotación tradicional era la ganadera, con su respectiva obtención de carne, leche y derivados: quesos, etc.
Pero más cerca del Rin, en las laderas que se asoman a la llanura fluvial, se acumulan las terrazas de viñedos, que –a semejanza de la zona alsaciana- generan unos excelentes caldos. Y ya en el borde de los ríos, la fertilidad de la tierra y la dulzura del clima, se unían para permitir cultivos de tradición más meridional. Otras producciones tradicionales, como el vidrio, la cerámica, la miel, etc. se unían para hacer de este país un territorio amable y de bellos paisajes, blanquecinos en invierno, verdosos en primavera, floridos de petunias y geranios en verano y de tonos dorados en el otoño, cuando las laderas de viñedo adquieren unas tonalidades vivas que anuncian la vendimia y el frío.
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