Y cuando el viajero baja a las calles y plazas encontrará un sabor a tiempo, cultura y música. Notará el vigor de la historia en los palacios, en los jardines y hasta en el cementerio de San Pedro, aferrado a la roca, sobre los restos romanos de la vieja Juvajum, arruinada por Atila en el siglo V, donde las sencillas cruces de hierro, primorosamente doradas, aúnan barroquismo y simplicidad.

Notará el vigor de la música en el Festival, que convierte a Salzburgo en capital mundial de la Música durante julio y agosto; en las actuaciones de los artistas ambulantes que hacen sonar flautas o arpas en los grandes espacios, y hasta en las confiterías, donde el rostro de Mozart envuelve la redondez oscura de los bombones.
Y si el viajero quiere encontrar a esa sociedad que también ama la vida, le sugiero que vaya al atardecer al entorno de Mülln, al viejo convento, transformado ahora en bulliciosa cervecería, donde se encontrará a una gente sencilla con ganas de vivir y disfrutar.
Salzburgo bien merece el viaje
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