
Los siglos XVII y XVIII quedaron marcados por la opulencia de la iglesia. Son los que han dado un carácter indeleble a la pequeña población austriaca.
El incendio de 1598, que destrozó excelentes partes del centro urbano, fue clave. El arzobispo Wolf Diectrich von Raitenau, emparentado con el Papa Pío IV, ordenó demoler la zona afectada, catedral incluida, y creó la nueva estructura urbana, con las inmensas plazas que la caracterizan.
Vincenzo Scamozzi, heredero de la obra de Palladio, fue quien diseñó el plano, poniendo de manifiesto su visión renacentista de la ciudad.
La ciudad medieval se apiñaba en torno a las rúas. Por ellas fluía el ir y venir de guerreros, peregrinos o comerciantes. En torno a ellas se edificaban las casas, más o menos dignas.
La nueva urbe adquiría un sello propio en medio del paisaje; era una magnífica escenografía. Salzburgo es, por obra de Scamozzi, una ciudad de plazas.
La calle medieval era absolutamente funcional: era la arteria por donde corría la sangre de la ciudad, que es el hombre. La plaza que aportó Scamozzi fue algo distinto. Dejó a un lado el utilitarismo de la calle y se transformó en un gran espacio inútil, que sirvió para realzar el rostro de la arquitectura, las casas palaciegas, los teatros, iglesias y catedrales.
Las plazas de Scamozzi serían el marco ideal para que se manifiestase en ellas, a continuación, la orgía barroca de poder de la iglesia y el patriciado urbano.
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