
El pasado ha sido a la vez pródigo y cruel con esta pequeña ciudad, nacida en los albores de la historia, primer municipio romano al norte de los Alpes, durante el mandato del emperador Claudio; devastada en la guerra con los marcomanos y afectada luego por una decadencia progresiva.
Conquistada por la tribu de los bávaros, en torno al año 700 inició una recuperación, amparada por su cualidad episcopal. Allí se estableció Ruperto, obispo francorenano, quien fundó los conventos de San Pedro y Nonnberg.
Renació la urbe al amparo de la jerarquía religiosa. Salzburgo llegó a ser arzobispado y el titular de éste pasó a ser príncipe del imperio germano.
Su ubicación le permitió cierto desarrollo comercial, puente entre Alemania e Italia. Pero padeció por las luchas entre papado e imperio, luchas que incluso propiciaron, en el siglo XII, una destrucción general, realizada por los partidarios del emperador Barbarroja.
Bajo el creciente poder de la iglesia, Salzburgo reemprendió un desarrollo empañado por las turbulencias de la Reforma o las revueltas campesinas.
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