
Sin embargo, alejados de la obsesión medieval por la muerte y la salvación, religiosos y nobles participaron en un gusto por la voluptuosidad de la vida, puesto de manifiesto en jardines, fuentes y palacios, en los que está más cercano Baco que Cristo.
Nueva y pequeña Roma al norte de los Alpes, Salzburgo buscó un hedonismo de festines, Gracias y Bacantes, y transformó el coro de monjes en música de Mozart.
Y en medio de un ejercicio de travestismo, se vio sometida a una vorágines de cambios políticos que merece la pena enumerar:
En 1803, por efecto de la nueva estructura europea de poder, se secularizó el principado arzobispal de Salzburgo y pasó al archiduque Fernando, hermano del emperador José II, que acababa de ser destronado en Toscana. En 1805, pasó la ciudad a Austria; en 1809 a Francia; en 1810 a Baviera, y en 1816 volvió a Austria.
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