Senegal es pasado negro, presente colorido y futuro de color indefinido. Millones de personas, sobre todo niños, pululan por las calles mugrientas de las ciudades o por las decorosas sendas de tierra del medio rural.

Muchos senegaleses han puesto la vista en el mundo occidental -en París por ejemplo- a través de las antenas parabólicas y de los televisores de los poblados de chozas, alimentados precariamente por unas placas solares donados por alguna oenegé con mala conciencia.

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