
Es un laberíntico entramado de calles estrechas salpicadas de plazas recoletas con olor a azahar. Espacios como la plaza de Los Venerables, o la de Santa Cruz; callejones como el del agua, pegado a la muralla por la que se traía el agua hacia los reales alcázares; restaurantes y tabernas de patios floridos hacen del barrio un lugar inigualable, donde la extranjería se emociona y gasta innumerables carretes de fotografías.
Inmediato a este conjunto está la iglesia de Santa María la Blanca. Con una Santa Cena de Murillo, y al lado se prolonga la judería, aunque con menos sofisticación que la del barrio de Santa Cruz.
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