La ciudad quedó bajo el dominio de doña María de Portugal, en el siglo XIV, al contraer matrimonio con Alfonso XI. De ahí viene el nombre de Talavera de la Reina.
Fue ésta una época feliz para la cuidad. Los reyes le otorgaron privilegios feriales; se reconstruyó el viejo puente romano, destruido por los árabes en su retirada hacia al sur, y Talavera se consolidó como importante centro económico.

En el siglo XVII, como la generalidad de las ciudades españolas, Talavera sufrió una grave crisis y pérdida de población, que se detuvo merced al negocio sedero el XVIII. Pero luego vino la decadencia de la seda, la cerámica e incluso los desastres bélicos de la Independencia.
A partir del siglo XIX volvió a Talavera. La urbanización general del país, el ferrocarril, la recuperación del sector cerámico, su ubicación al lado de las vías de acceso a Portugal y Extremadura, etc., han beneficiado al lugar. Lástima que ese impulso no haya servido para cuidar el viejo casco urbano y los bellos monumentos que aún se hallan – a veces pidiendo a gritos unas inversiones de restauración- en medio de un urbanismo decadente.
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