
Ha sido un buen momento para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro. La energía del subsuelo creó grandes expectativas, enormes frustraciones y pocas esperanzas.
Tal vez el mejor ejemplo sea el de la gasolinera de Sargentes de la Lora, puesta en marcha a toda prisa en los momentos de esplendor, mortecina durante cuatro décadas, y desmantelada justo cuando se cumplen cuarenta años de la aparición del petróleo.

Sin embargo, la vida sigue en el páramo de La Lora. Los agricultores siguen cultivando una fenomenal patata de siembra, reconocida en toda España, aunque la Política Agraria Comunitaria parece haber orientado el camino hacia el girasol y el cereal. En invierno, la nieve es un elemento persistente en el páramo, a pesar del cambio climático, pero en verano vuelve la vida biológica, el páramo se llena de esplendor, de genistas amarillas en mayo, de trigales verdes en las colinas calcáreas, de gamones blancos durante el otoño.
Es tierra de perdices, de jabalí, de corzo y de lobo. Los paisajes resultan sorprendentes: una losa calcárea, a veces pura piedra, que permite ver un horizonte circular. Pero en cualquier recodo aparece una cueva, o el borde de Valderredible, asomándose al Ebro desde las alturas, uno de los paisajes más sorprendentes del norte de España.
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