Los dos hombres que, desde luego, no tienen aspecto de sepultureros, ni realmente lo son, se dirigen hasta el lugar en donde hay un gran bulto envuelto en unas largas telas rústicas.
Ambos cargan con el fardo y lo llevan hasta donde están reunidas las herramientas.
Allí descubren el envoltorio cuyos paños, ahora desenrollados, dejan ver el cuerpo de un difunto de rasgos apenas adivinados entre las todavía tenues y primeras luces del amanecer.
A una treintena de metros, un grupo de
familiares del muerto esperan a que los dos hombres comiencen su tarea. El duelo permanece tranquilo, no se oyen lamentos ni se derrama una sola lágrima. Sí, hay un clima de tristeza, pero, en cambio, todavía se advierte más y mejor un ambiente de resignado desapego, el atributo de consuelo que otorga la fe budista a la vida y la muerte de los tibetanos.
Pero también hay otros asistentes que, por cierto, nadie ha invitado y que no faltan jamás a uno sólo de estos saraos funerarios. Se trata de una
bandada de buitres cuyos miembros, o esperan sobre una de las peñas cercanas, o bien vuelan en círculos breves y bajos sobre la escena de la ceremonia.
Los dos encargados del rito toman un hacha cada uno y luego colocan sobre una piedra un gran candil que alumbra desde la cabeza a los pies el cuerpo del difunto. Ambos comienzan a descuartizar el cadáver, cortan vísceras, separan vértebras, parten chuletas y solomillos. A veces uno de estos dos muy especiales carniceros toma una gran maza y quebranta los huesos más recalcitrantes hasta dejarlos seccionados en todo un festival de astillas mezcladas con una pura pasta de humores y cueros.
|
|
|
Cuentaviajes de Tibet:Tierra mágica. Tierra trágica |
> > Volver a la guía de Tibet