
Dado que la penuria de agua que padecen los páramos tibetanos hace ecológica y sanitariamente inconveniente arrojar a los ríos los cadáveres, y que la escasez de arbolado y, en consecuencia, de madera que sufre este gran desierto, no facilita la cremación, la incineración de cadáveres se reserva tan sólo como privilegio de determinados y prestigiosos lamas fallecidos. Bien, pues ante estas circunstancias, sólo queda como recurso final el llamado Enterramiento en el Cielo; o sea, el aire; es decir, los buitres.
Y es que para los tibetanos, budistas antes que nada, ya que se trata casi sin duda del pueblo más religioso del mundo, en realidad el cuerpo no es más que un soporte que sostiene y encierra el alma, un molesto estuche que sufre el peso del deseo, de la ignorancia y que a menudo se avería; una fuente de infelicidad que no supone mayor apego, casi se diría que todo lo contrario, a la hora de desprenderse del espíritu. Por eso no es especialmente macabro, cruel o inhumano que unos cuantos pájaros devoren la fachada y los cimientos de semejante edificio carcelero.
Pero ¿qué ocurre cuando el espíritu abandona el cascarón que le aprisiona? ¿En qué fenómenos cree el pueblo tibetano una vez que la piel y la carne del muerto han sido tragadas por una u otra pandilla de aves carroñeras?.
Sin entrar en meditadas teorías, sin duda más sabias pero a la vez demasiado complejas, de teólogos, estudiosos o grandes lamas, el devoto tibetano, el fiel de a pie, piensa que, después de la muerte, su alma va a iniciar un camino de transmigración. Este sendero, según su cuenta de resultados, de acuerdo con lo que diga su balance de buenas o malas acciones, de excelentes o perversas obras realizadas en vida, le va a conducir por un camino a veces engañoso, a veces cómodo, que le llevará a reencarnarse en uno de los seis supuestos o especies de seres que contempla -siempre para el alcance del conocimiento vulgar- el budismo tibetano.
Cuentaviajes de Tibet:Tierra mágica. Tierra trágica |