Ya se sabe, siempre el número tres, ¿qué tendrá? En todo caso, a los tres los quería por igual y los tres lo amaban y respetaban. Al hacerse mayor, y como el que no quiere la cosa, va dejando entender a cada hijo por separado que será él quien herede el deseado anillo. Que te voy a dar el anillo a ti, que no te preocupes, que tú serás el elegido, que ya verás...

Los hijos, que estaban los tres esperando el anillo como agua de mayo, se lo creyeron a pies juntillas. Por supuesto, cada cual, sin saberlo los demás, se sentía orgulloso de ser un día el portador del símbolo de la familia.
Finalmente, en el lecho de muerte, el padre da a cada uno de ellos, por separado, un anillo y, cuando fallece, los tres hijos se declaran herederos, comprobándose entonces, para desesperación de todos, que no hay uno, sino tres anillos, y además, exactamente iguales, de tal modo que resulta imposible saber cual de todos es el verdadero; lo mismo que sucede con las culturas y Toledo.
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