
Pero aquella sorpresa aumenta cuando se descubre la documentación que su historia y sus personajes han generado, particularmente en los llamado siglos medios. La Edad Media fue -además del período en el que el ser humano comienza a darse cuenta del sentido de la vida, aspirando a que su nombre o su memoria permaneciesen en el recuerdo de las siguientes generaciones- un período de luchas y algaradas constantes.
No es extraño, por tanto, que en esta tierra tan indefendible se levantaran muros que dejaran en su interior a hombres y mujeres, cuyo territorio, vidas y haciendas se pretendían proteger. La muralla, sin embargo, no es una fría sucesión de piedras. En ella sus constructores proyectan sus necesidades, utilizando la imaginación y creando puertas, portillos, poternas, adarves, barbacanas, almenas, saeteras y muchas otras alteraciones de lo que podría ser un simple muro, convirtiéndola de ese modo en una obra de arte.
A la Edad Media, época de esplendor para Urueña, siguen varios períodos que yo calificaría como señorial (de influencia de señores y nobles), eclesiástico (el de los obispos urueñeses: hasta cinco sucesivos, que construyen nobles edificios en la Villa) y decadente (durante el siglo XIX y el XX hasta la fecha en que la Diputación de Valladolid adquiere una casona e inicia una revitalización cultural y monumental).
La realidad parece superar, incluso, las primeras expectativas. Quien se acerque a Urueña podrá comprobarlo. La invitación está hecha.
Por Joaquín Díaz
Cuentaviajes de Urueña, una sorpresa |
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