
Olvídese de la tradicional idea de rancho.
Una senda tortuosa -sólo se puede entrar en camión tipo ejército o a caballo, aunque hay excursiones organizadas, muy limitadas en cuanto a plazas- conduce, después de no pocos sobresaltos, a un poblado de no más de seis u ocho palapas (las casitas típicas, con paredes de caña y cubierta tejida con su ramaje), razón más que suficiente para tener al lado el sentir maya. Pero, además, para gozar, en este caso, de un baño en el cenote Nohock, con un espectáculo de luz natural que entra por su boca en un momento determinado, que se quedará grabado. O la incursión en un río subterráneo, practicando esnórquel, en una simbiosis de estalacticas, estalagmitas y agua que será difícil de olvidar.
Comer en el poblado pollo a la brasa con salsa de pez rojo y tacos (tortas de maiz rellenas) para acabar, por la tarde, llegando en canoa hasta un arrecife y contemplar la rica, variada y colorista fauna marina.
Relatada sintéticamente esta experiencia, queda justificada su brevedad por el hecho de que, más que en ninguna otra ocasión, cada cual vivirá sus propios sentimientos, sin referentes especiales que los condicionen.
Atrévase, sin ser temerario. El equilibrio es la medida de un viaje realmente especial.
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