
Pero, en general, la urbe tiene una agradable alegría de vivir, excelente gente y buena gastronomía.
Como contrapunto a ese gran bagaje de arte, desde los ámbitos institucionales se ha dotado a la ciudad del mobiliario urbano de peor gusto de Europa, como se puede atestiguar en los horrorosos faros de iluminación de la Plaza del Pilar o el paseo de la Independencia, por ejemplo; y en otros elementos distribuidos desgraciadamente por toda la ciudad, con una estética artística totalitaria.
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