Una vez que se llega al comienzo del recorrido que bordea a la cueva más grande, lo primero que se divisa es un enorme túnel natural donde se nos recuerda que en el interior se han celebrado aquelarres.

La Cueva Grande es un curioso salón donde se goza de la gastronomía y los conciertos. Foto Javier París. Copyright
Al principio uno queda ensimismado, casi desconcertado, pues no da tiempo a asimilar cómo el paso de millones de años –y de agua- puede haber convertido un trozo de roca en una cueva tan extraordinaria.
Por el interior fluye un río – del infierno- que recorre a buena velocidad los 120 metros que mide de larga, por 12 de ancha y 11 de alta. Al lado de la regata, y bordeando el lado derecho, yacen apostados dos hornos de cal. Por lo visto, los construyeron en el siglo XVIII, con el fin de aprovechar las bondades naturales del lugar. Eran tiempos de hambre y se dieron cuenta de que la cal favorecía y aceleraba las cosechas.
Luego de un rato dentro de la cueva, cuando el oído ya se ha acostumbrado a los ruidos acuíferos y la vista ha fijando un camino en concreto, ya indicado y bien señalado, principia la pequeña excursión por el exterior y el interior de las cuevas
Junto a los hornos se asoma un camino que nos conduce a Leze Txikía (cueva pequeña), que se encuentra en la parte superior y cuyo paso angosto no impide atravesar la galería con relativa comodidad.
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