Inestabilidad política

Pedro Ara sabía lo que se decía cuando advirtió a Juan Domingo Perón del riesgo de dejar a Evita en la sede de la Confederación General del Trabajo. El tiempo le dio la razón.

Transcurrieron tres años de relativa tranquilidad para el doctor aragonés, pero la situación del país se iba caldeando. El 16 de junio de 1955, la Casa Rosada, los ministerios y los alrededores fueron bombardeados por elementos disidentes de la Armada argentina y de la Fuerza Aérea. El Ejército de Tierra, sin embargo, se mantuvo leal al gobierno de Perón y el levantamiento fue pronto sofocado. Hubo cientos de muertos, ruinas y coches ardiendo bajo la lluvia, pero, curiosamente, ni una sola bala, ni una sola bomba, rozaron el edificio de la CGT pese a estar situado en la zona más castigada por la revuelta. Más tarde se supo que el lugar en el que descansaban los restos de Evita no estuvo ni de lejos en los planes de quienes bombardearon Buenos Aires.

Tres meses después, el 16 septiembre, las cosas vinieron peor dadas para el general Perón. Grupos insurgentes de los tres ejércitos lanzaron una rebelión concertada, llamada la “Revolución Libertadora”, una serie de enfrentamientos que duraron tres días y en los que murieron unas 4.000 personas, lo que provocó la dimisión de Perón y su huida y refugio en una cañonera paraguaya anclada en el puerto de Buenos Aires. El 20 de septiembre, el líder de los insurgentes, el general de división Eduardo Lonardi, asumió la presidencia provisional. Juan Domingo Perón inició un largo exilio que le llevaría a Paraguay, Venezuela, República Dominicana y España.

El cuerpo de Evita continuaba en el edificio de la CGT, y la revolución que vivía el país hacía temer que, en cualquier momento, se produjera el asalto y la destrucción de la sede sindical. Los alrededores del edificio fueron ocupados por gran numero de policías y los accesos a la zona fueron bloqueado. El doctor Ara, sin embargo, continuó asumiendo la responsabilidad de velar por el cuerpo de Eva Duarte.

Un oficial de la Policía, al reconocer al profesor Ara cuando se dirigía a su laboratorio de la CGT, le dijo: “Hemos sabido que elementos extremistas andaban por estos alrededores con aire de mala intención!. Esa es la razón de este servicio. Darles a entender que, cueste lo que cueste, no se va a permitir ninguna profanación. Es orden terminante del general Lonardi”.

Otro oficial añadió: “Para nosotros sería un alivio si se llevaran ustedes el cadáver de la señora a algún lugar desconocido, en evitación de una catástrofe, pues vamos a obedecer al pie de la letra la consigna de defenderlo a cualquier precio”.

Pedro Ara, consciente de los riesgos , inició las gestiones para que alguien le aliviara de la carga que suponía la vigilancia del cuerpo de Evita. El médico llega incluso hasta los más directos colaboradores del nuevo presidente de la República, quienes se dirige en estos términos: “El cadáver de Eva Perón constituye en sí un importante, e inevitable, problema político. Lo que ustedes hagan por resolverlo ha de recaer, para bien o para mal, sobre el porvenir de la revolución que acaban de ganar. Un acto de respeto hacia los restos mortales de la señora redundará, indudablemente, en beneficio de la tranquilidad popular sin perjuicio para nadie. Ningún bien nacido les reprochará a ustedes una actitud de cristiana comprensión frente al jefe enemigo vencido después de muerto. Por otra parte, mediante un contrato me comprometí a conservar sus restos. Ha sido un asunto puramente técnico para mí el que ahora no tiene más valor político que el negativo. Creo que mi misión ha terminado. Sólo me resta hacer entrega de todo lo que en la CGT se halla bajo mi custodia. Por tanto, háganme el favor de transmitir al general Lonardi mi ruego de que, lo antes posible, designe las personas que, en nombre del Gobierno, se hagan cargo de cuanto contiene el segundo piso de la CGT, den por recibido cuanto yo entregue, y dejen constancia en un acta de todo lo actuado, así como también de quedar yo eximido de toda responsabilidad al respecto”.

La declaración de Pedro Ara sorprende a los militares, porque en los tres años transcurridos desde la muerte de Evita han circulado todo tipo de rumores sobre el paradero del cuerpo. El secretario en jefe de la Presidencia, el doctor Villada Achaval, se manifestó así ante el doctor Ara: “Nosotros creíamos que el cadáver no existía. ¡Sí que es un problemita para el nuevo Gobierno!”.

Villada fue con el propio Pedro Ara hasta la segunda planta de la CGT para comprobar “in situ” la veracidad del relato. Una vez allí, el secretario del presidente dice: “Francamente, temí al principio que tuvieran razón quienes dicen que el cadáver de Eva fue sustituido por una estatua. Ahora veo que es una obra de arte, y muy lamentable el que forzosamente tenga que desaparecer”. Villada, que parecía tener muy seguro el destino del cuerpo, se despide con estas palabras: “Adiós, Evita. Ya no te veré más. Que Dios te perdone”.

     

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