
Esas precauciones imperiales respecto a lo que de comestible llegaba de la otra parte del mundo recién inventado no eran compartidas, sin embargo, por los capitanes y alféreces que se batían por conquistar nuevas tierras, a la búsqueda de un Eldorado cada vez más difuso.
Todos los que andaban en cosas de conquista compartían la olla con la misma ansiedad o placer que el riesgo del combate. El aventurero Lope de Aguirre, antes de perderse en la sombra de una locura amazónica, logró así la primera lealtad de los hombres que andaban en busca del oro de los incas: en aquella jornada de mosquitos y malaria aquellos castellanos y extremeños capaces de desafiar a Dios con tal de vencer al Amazonas, se juramentaron contra el capitán Fernando de Guzmán, porque él comía en mesa aparte y saciaba su glotonería con frutas y buñuelos.
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