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El cacao, placer con garantía celestial

Cuando el reverendo Toribio de Benavente buscaba por la capital de los aztecas motivos de mayor admiración, dio con un fruto en forma de avellana cuyo uso como moneda de cambio le sorprendió:
por un esclavo se pagaban cien granos y diez por un conejo. Extraña forma de hacer comercio, lejana a la fórmula del trueque, pensó el fraile.

Lo que él santo varón ignoraba es que ya por entonces se hacía moneda falsa con ese cacao que circulaba como piezas de moneda acuñada: hábiles impostores vaciaban la cáscara a punta de lanceta y nadie parecía percatarse que aquel cacao-moneda estaba vano.

La generosidad de los aztecas a la hora de revelar a los recién llegados las dichas de su tierra no tenía límites, antes de la batalla de Otumba.

     

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