

Doscientas veinte variedades de papas recogió tres siglos más tarde el botánico francés La Barre. Los indios no tienen otro pan, declara el jesuita Cobo, en su Historia del Nuevo Mundo, quien como el resto de los preclaros cronistas adjudica a la humilde patata el sabor de la castaña.
Para competir sin desdoro con el maíz, los patateros de las terrazas altas andinas, a quienes los más redichos reporteros apellidan labradores del sol, dieron pronto con un sistema de conservación del tubérculo cuyos pormenores, al igual que los procesos de destilación para frailes, pertenecen al inconmensurable reino de los secretos.
Cobo escribió a
mediados del siglo XVII el mejor tratado de la fabricación de chuño que hasta nosotros haya llegado. Esta conserva de la patata se obtiene helando el tubérculo (momificación), el cual se exprime y luego se deja secar al sol. Y así, puede resistir la putrefacción durante muchos años.
El notable tino de la mano de obra inca, en tales operaciones, hubiera permitido a los comerciantes de nuestros días inventar la tabla de las añadas de chuño cuzqueño, por ejemplo; es el método tradicional del comercio para hacer valer las maravillas de la madre naturaleza.
En su dilatada retahíla toponímica referida a los productos en boga, Cieza de León, autor de la crónica Descubrimiento y conquista del Perú, se detiene en la comarca de Collas (Cordillera andina) donde tienen los indios sus sementeras y siembran sus comidas. El principal mantenimiento de ellos es papas, que son como turmas... y éstas las secan al sol y guardan de una cosecha para otra; y llaman a esta papa después de estar seca chuño, y entre ellos es estimada y tenida en gran precio.
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