En el estricto mapa culinario de buena parte de España húmeda, el cargamento de productos americanos comestibles tiene como principal referente a la patata.

Grabado sobre la patata, de 1651, de la Historia, de Jean bauhin.
Florecía el diccionario al calor de los trópicos y así se llamó al cruce de lenguas: papas o batatas fueron apodos iniciales.
Cuenta la crónica social que ese tubérculo de origen andino salvó de la hambruna más profunda a los millones de irlandeses que escaparon de las guerras contra la corona británica, pero que no lograron salvarse de la miseria que invadía la periferia de aquel imperio.
Era tal la escasez de alimentos en aquella Irlanda de hace dos siglos que los muy católicos y libres ciudadanos de la isla hubieron de darse al consumo de un tubérculo recién importado de Francia para llenar la andorga con materia feculenta y transitoria, a falta de otra despensa más cristiana.
Nada sabían aquellos irlandeses del origen de la maravilla, pues su corta historia (la del fruto) había sido escrita sólo en español con un breve colofón francés: el que firmó en forma de loa química a la patata el boticario Antonio Agustín de Parmentier, farmacéutico de la Casa Real de los Inválidos. Cuenta una crónica apócrifa que el insigne boticario logró que sus vecinos le entraran de noche al huerto para robarle las patatas que hasta entonces sólo habían sido plantadas como elemento ornamental en castillos y residencias, junto al río Loira.
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