
Sanchidrian y Adanero son los siguientes lugares. Es ya geografía de meseta y arquitectura humilde de barro. Las iglesias se muestran, macizas y dominadoras, sobre el perfil bajo de los tejados. Sigue la ruta por Órbita y Espinosa, en campos de trigo y pinos, para llegar a Arévalo , una de las pequeñas y bellas ciudades de la ruta.
La Nacional VI ahora pasa al este del lugar, pero los campanarios de aire mudéjar y la silueta del castillo se presentan ante el viajero como una invitación a la parada.
El núcleo viejo de Arévalo se articula sobre la base de tres excelentes plazas: la de la Villa, con bellos pórticos; la del Arrabal, con sendas iglesias, y la Real, con un convento, antiguo palacio. En todas ellas, destacan las casas porticadas y de estructura tradicional.
A lo largo de la urbe hay que admirar templos como la Iglesia de San Martín de magníficas torres mudéjares y ábside triple. Es notable en general el mudéjar de Arévalo, visible también en otros templos.
No puede dejar de citarse, muy cerca de la ciudad, La Lugareja, otra iglesia mudéjar, extraordinaria, de triple ábside y notable trabajo. Es lo que queda de un viejo monasterio cisterciense. Monumento Nacional.
El Castillo, muy remozado, también tiene una amplia historia.
Pero Arévalo es buen lugar para la gastronomía. Famosas son sus carnes, de cordero y de cochinillo.
La ruta sigue, recta y llana, por Ataquines, cuya iglesia de San Juan se alza dominadora sobre el poblado. Algo más adelante está Medina del Campo, una población de aire desmadejado, pero llena de elementos de valor.
Medina del Campo es un lugar cargado de historia. De pasado romano y árabe, la ciudad tomó vigor en el tramo final de la Edad Media, cuando su Feria se posicionó a la cabeza de las actividades económicas de la Península Ibérica.
Urbe amada por Isabel la Católica, declinó a medida que el peso de la actividad económica de España se trasladaba hacia el sur y el Atlántico (auge de Sevilla y el tráfico con América) y por la decadencia económica del reino.

Desde la carretera pronto se ve, en un cerro cercano al escaso río Zapardiel, el Castillo de la Mota, una construcción básicamente del Siglo XV. El castillo de la Mota, de ladrillo rojizo y apariencia mudéjar es un edificio medieval, con importantes reformas en tiempos de Juan II y los Reyes Católicos. Con doble hilada de muralla y una airosa torre del Homenaje, fue sólida prisión de estado donde penó, entre otros, el caudillo Cesar Borgia.
El punto central de la ciudad es la Plaza Mayor, rectangular y amplia, donde se celebran las ferias que dieron fama europea a Medina desde el siglo XIV. Los viejos nombres de las aceras (Armería, Joyería, Especiería, Mercería, etc.) recuerdan la actividad comercial. En uno de sus ángulos se encuentra el Palacio Real, donde murió Isabel la Católica. A su lado están el ayuntamiento, y la iglesia de San Antolín, obra de los Gil de Hontañón, del XVI.
Hay más cosas en Medina, y hay –como en todo el trayecto- buena comida. La grandeza histórica del país se denota también en Rueda, poco más adelante, con su poderosa iglesia. Es ésta un terreno bueno de viticultura. Es recomendable parar en Rueda y cargar una botellas de blanco.
Luego, el camino recto hacia otra ciudad de notabilísima historia: Tordesillas .
Tordesillas tiene unos 8.000 habitantes y se encuentra en el estratégico paso del Duero. Es ciudad íntimamente ligado a la historia, especialmente en tiempos de los Reyes católicos; corte de reyes, en algún momento previo, y ciudad-prisión para la Reina Juana, doña Juana la Loca. Aquí se firmó el Tratado de Tordesillas, por el que –con la intervención del Papa Alejandro VI- España y Portugal se repartieron el dominio del Nuevo Mundo.
Desde el airoso puente de piedra blanquecina se tiene una apacible visión del Duero, y de algunos de los monumentos de la ciudad. Allí se ve el Monasterio de Santa Clara, antiguo palacio construido en tiempos de Alfonso XI, en el siglo XIV, con intervención de maestros llegados de Sevilla y Toledo.
Este bello palacio-alcázar fue transformado en convento en tiempos de Pedro el Cruel. Es especialmente famoso –aparte de por su calidad- por el hecho de haber sido lugar de residencia de la Reina Juana. Es lo más destacado del lugar.
La iglesia que más resalta, por su campanario de piedra blanca, es la de la de Santa María. Es del XVI al XVIII. Muy cerca está la plaza Mayor, centro de la vida ciudadana.
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