
Una "la domesticada", empleada para la navegación y las explotaciones hidroeléctricas; la otra, la salvaje, como un entorno natural en el que se puede ver de nuevo el viaje del salmón, extinguido hacia la mitad del siglo XX y ahora reintroducido. El río, antaño cloaca de la Europa industrializada, va recuperando dignidad.
Luego, la corriente avanza por el ancho valle que divide la Selva Negra y los Vosgos, en medio de pueblos llenos de encanto y ciudades magníficas: Colmar, Estrasburgo, Friburgo... En estos lugares, el viajero puede reposar y comprobar visualmente cómo ésta ha sido una tierra en encuentro de culturas, pasillo de recorrido del conocimiento, del arte.
Avanza hacia el norte y la densidad histórica y artística continúa, a su lado, o en las inmediaciones, perviven urbes como Spira, Heidelberg, Worms, Maguncia... Su nombre nos suena a historia con intensidad.
El siguiente paso es especialmente famoso. De Rüdesheim a Coblenza, el río serpentea en medio de un paisaje de verdor, montes y castillos. Con razón este tramo es Patrimonio de la Humanidad, según la UNESCO.
Luego se va a abriendo de nuevo el paisaje, y el río se serena en dirección a Colonia y Dusseldorf, donde las chimeneas fabriles nos hacen pensar menos en la historia y más en las luchas del proletariado por el pan y la dignidad...
Y al fondo ya se divisa la apacible Holanda, la de los tulipanes y diamantes. Pensamos ya en Ámsterdam.

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